A pesar de que aparentemente ambos productos podrían parecer equivalentes ya que se incluyen en el universo de la gestión pasiva, en realidad no lo son. Presentan diferencias muy significativas de las que los inversores no siempre son conscientes, lo cual les lleva a equivocarse a la hora de elegir el vehículo más apropiado para cada ocasión.
1. En primer lugar, los fondos indexados tienden a tener un TER menor y un mayor coste de compraventa para el inversor que los ETF, que cuentan con un TER mayor y un menor coste de entrada y salida. Este menor coste de compra-venta de los fondos cotizados radica en el hecho de que cotizan en el mercado secundario, pudiéndose intercambiar participaciones existentes del ETF con diferenciales menores que los del subyacente, dado que el coste de creación de las unidades que componen el vehículo se ha ido diluyendo.
2. Adicionalmente, existe una comunidad de creadores de mercado que cotizan los ETF y que tienen un inventario que pueden poner a disposición de los inversores con un coste más reducido que el de la cesta de acciones o bonos subyacentes. En el proceso de compra-venta, en el caso de los ETF el inversor interactúa con los bróker, mientras que en los fondos indexados lo hace con la gestora, lo cual supone una segunda distinción. Esta es la segunda gran diferencia.
3. Siguiendo con la estructura del producto, la tercera gran diferencia es que los fondos indexados, al igual que los fondos tradicionales, cuentan con clases. Generalmente, los ETF no las tienen, aunque algunos proveedores están empezando a ofrecer diferentes clases para los fondos cotizados. Esto contribuye a la liquidez, lo cual favorece la reducción de diferenciales, el incremento en la negociación en el mercado secundario, y por tanto, redunda en beneficio del partícipe. Es una tendencia de la industria. Con respecto a la liquidez, cabe recordar que el ETF opera intradiariamente, mientras que el fondo indexado tiene un valor liquidativo diario, un único precio y una hora de corte, como cualquier fondo de inversión tradicional.
4. La cuarta diferencia clara en la estructura es que en los ETF no hay retrocesiones, mientras que en el fondo indexado puede haberlas.
5. Los importes mínimos contratables es la quinta gran diferencia entre ambos vehículos. Con los ETF el inversor puede operar desde una participación, si bien en el caso de los fondos indexados existen volúmenes mínimos contratables.
6. En lo que respecta a la exposición subyacente también hay aspectos distintivos entre ambas tipologías de productos. En general, los ETF ofrecen una mayor capilaridad que los fondos indexados, diseñados para posiciones estratégicas sobre índices más genéricos. En renta fija, por ejemplo, resulta infrecuente ver fondos indexados para un tramo específico de la curva, mientras que en el caso de los ETF esto es algo habitual.
7. La transparencia en los subyacentes es la última gran diferencia. El ETF permite al inversor tener acceso a la cartera diariamente, mientras que con los fondos indexados suele ser mensual. No obstante, dado que los indexados, al igual que los ETF, pueden ser de réplica física total, los inversores ya saben de antemano que la configuración de la cartera es la misma que la del índice. Eso no significa que la rentabilidad final que vayan a ofrecer ambos productos sea la misma. Si se analiza la cartera de un ETF sobre el S&P 500 y un fondo indexado sobre el mismo índice se observa que ambas son prácticamente iguales, aunque a la hora de gestionarlas hay matices que hace que puedan existir diferencias que afecten al retorno.

Fuente: Ishares
7.1.¿Cómo elegir el producto más apropiado?
Artículo publicado por Carlos Fernández, profesor del IEB
A la hora de invertir en gestión pasiva, es posible adquirir fondos índice o fondos cotizados (ETF). Los primeros son similares a los fondos tradicionales, en términos de estructura y operativa, salvo por el hecho de que el objetivo explícito del gestor es la réplica de su índice de referencia y no batirlo. Los fondos cotizados, sin embargo, son claramente distintos a los fondos tradicionales: Cotizan en mercados bursátiles como si fueran acciones, suelen comprarse a través de un bróker, y pueden estructurar su cartera de formas diferentes. Eso sí, su objetivo también es replicar al índice subyacente con la mayor precisión posible.
El principal elemento que determina la decisión sobre fondo o ETF para un inversor particular español es la fiscalidad diferencial que favorece notablemente a los fondos. Los ETF se consideran acciones y por tanto tributan como tales, mientras que los fondos índice se acogen a la posibilidad del diferimiento fiscal.
De hecho, el escenario en España sería el siguiente: ¿Existe fondo índice a un coste razonable que pueda replicar el mercado que busco? En ese caso, ya no tengo que pensar más.
El problema es que la oferta de fondos índice es mucho más reducida que la de los ETF y, por tanto, el inversor particular se enfrentará a la necesidad de adquirir ETF, ante la imposibilidad de encontrar un fondo índice. Alternativamente, ante la notable ventaja fiscal de los fondos, el inversor particular optará en muchas ocasiones por emplear fondos de gestión activa en aquellas categorías donde los fondos índice sean escasos o inexistentes. Fondos activos con un tracking error bajo, para los que la combinación de comisiones más elevadas y poca flexibilidad en la gestión pueden derivar en alfas negativos consistentes.
Ese efecto fiscal distorsionante, se ve agravado por los cambios de criterio de la autoridad fiscal. Así, en 2016 se respondió a una consulta vinculante que implicaba que los ETF internacionales adquiridos por medio de un comercializador, bajo el mismo modelo que se utiliza en un fondo tradicional, podrían beneficiarse del diferimiento. Hace pocos meses, sin embargo, el organismo ha cambiado de criterio, generando una importante confusión en el sector.
Diferencias en los costes
Aunque la fiscalidad se nivelase entre ambos tipos de productos, existen otras diferencias que pueden impactar al inversor. Los ETF se adquieren habitualmente a través de un bróker, que carga una comisión de intermediación por el servicio prestado de negociación en la bolsa. Además, cuando se compran en bolsa existe un spread de compra venta, (el famoso bid – ask). Sin embargo, en el caso de los fondos de inversión (y por tanto de los fondos índice), el distribuidor no suele cargar una comisión explícita por ejecutar la operación por cuenta del cliente.
Podría parecer entonces que el ETF soporta mayores gastos que los fondos, debido a que aparentemente existen más cargos para el cliente. La realidad es más compleja. Los distribuidores de los fondos tradicionales suelen percibir una comisión por comprometerse a la comercialización de esos productos. Normalmente, esa comisión no es explícita para el cliente final, sino que se trata del famoso “rebate”: El comercializador percibe o puede percibir un porcentaje de la comisión de gestión del fondo. Por tanto, es razonable pensar que algunos fondos índice puedan tener comisiones superiores de gestión a ETF equivalentes, con objeto de cubrir ese diferencial pagadero al comercializador.
En general, el balance final se inclina hacia los fondos índice. Por un lado, son productos fiscalmente primados, y por otro, cuando los utilizamos en una cartera de asset allocation que requiera rebalanceos periódicos, no tenemos que preocuparnos de abonar las comisiones de brokerage. Por otro lado, resulta complejo para un inversor particular acceder a los fondos índice: O no existen o no encuentran un comercializador fácil debido a sus bajas comisiones y bajísimos rebates
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